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sábado, 4 de junio de 2011

Erica

Una mano sobre mi cintura. Otra pasando bajo mi cuello. Al otro lado de la habitación, ella. Indefensa pero protegida. Pequeña, muy pequeña. Frágil. Un milagro. Sabemos cómo pero aun así seguimos maravillados de la naturaleza, de que ella sea parte tuya y parte mía. Es perfecta, es hermosa, es relinda, es otro gusilú para alumbrar nuestras vidas.
Duerme plácidamente, sin ninguna preocupación. Carita redondita; mofletes gorditos; labios sonrosados, henchidos y moviéndose rítmicamente como si estuviesen mamando. Escaso pero suficiente cabello para el tiempo que tiene, castaño claro, parecido al color de la miel cuando reposa fría en la nevera.
Frente a sus labios está su manita, con el puño aun cerrado, tal y como se quedó cuando después de dejarla dormida –aferrándote el índice­- volviste a la cama. Hace carantoñas con su carita, estornuda y mueve sus pequeños brazos.
Me miras. Te miro. Nos besamos, te levantas y vas hacia ella. Vuelves a acercarle el índice a su manita y se aferra a ti. Sabe ya que eres tú y en tus brazos se acomoda más y más. Bajo ellos nunca le pasará nada malo. Te paseas lentamente por la habitación. Mirándola. Mirándome.
Vuelves a la cama, te tumbas junto a mí y ella, sobre ti.

Marta Roca G. ®

sábado, 21 de mayo de 2011

Un sorbete de limón, por favor.

- ¿Te acuerdas de la primera vez que probaste el sorbete de limón?
- Sí, claro que me acuerdo. Había probado sorbetes de otros sabores pero nunca supe que pudiese sentir algo tan intenso con el de limón.
- Recuerdas la sensación tan refrescante y las ganas que tenías de repetir después de haberte deleitado con el primero?
- Sí. Nunca me hizo sentir tan vivo: la forma de mojarme los labios, las maneras de refresacrme y de sentir cómo descendía por mi garganta, la sensación de bienestar y el sabor que me proporcionaba, las caricias que le brindaban las burbujas del cava a mi lengua...
- Antes te gustaba tanto que los hacías en casa, en esos momentos de relax y los deleitabas en tu terraza con vistas al mar o cuando salías de casa decías: "quiero un sorbete de limón, por favor". ¿Ya no te gustan?"
- Claro que me gustan, pero es distinto. Conozco su sabor, su inconfundible sabor, pero no siempre te apetece tomar uno. Sé que en cualquier momento puedo acudiar a la cocina, coger limón, azúcar, hielo y cava y hacerme uno y sentiré todo aquello que sentí la primera vez que lo probé, sentiré su frescor y la acidez no podrá conmigo. Me embriagaré. Porque ya no lo pida no significa que no me guste. Simplemente sé que está ahí y que su inconfundible sabor nunca me
fallará. Pero en la vida no todo es limón, azúcar, hielo y cava, eso nunca faltará en mi cocina, o al menos eso espero: espero que mi limonero siga dando fruto, mi congelador no me falle y que en la despensa nunca falte el azúcar de la vida y el cava de la felicidad.
- Quiero un sorbete de limón, por favor.
- Mejor que sean dos.


Marta Roca G. ®

 

sábado, 26 de marzo de 2011

Sentimientos.


Y sueño con volver a casa y respirar. Y sentir.

Y dar vueltas por casa sin querer hacer nada.

Remolonear antes de irme a estudiar,

ayudar a la peque y hacer cosas juntitas.

Saludar a papá cuando llegue de trabajar

y darle un besito de buenas noches a mamá

antes de irme a acostar.



Y llorar por lo que ahora tanto disfruto

y que llegaré a echar tanto en falta.


Y quiero poder besar tu cuello de terciopelo,

deleitarme con tu compañía y dormirme en tu regazo.


Y ellas: mi familia, mi consuelo, mi apoyo, mi calor,

mi alegría y mis ratos de diversión.

El hombro sobre el que apoyarme.

Ellas, vosotras, mis tesoros.

Gracias por acogerme y luego estar ahí.

Gracias por después de tantos meses seguir estando ahí.

Gracias por darme todos los días las buenas noches,

por estar ahí en los malos y tristes momentos

y por compartir ilusiones y alegrías.

Gracias por esos atragantamientos y escapadas de la resi.

Gracias por esas magdalenas rellenas

y por los ratos de confidencias mutuas.

Gracias por esas sonrisas tan escasas y tan valiosas.


Gracias corazones, gracias... AMIGAS.

Marta Roca G. ®

martes, 15 de marzo de 2011

El maestro.

Como cada mañana, con el cacarear del gallo, Simón despertaba en su colchón relleno de paja. Pegaba un salto y se dirigía hacia la cocina donde le esperaba un vaso de leche recién ordeñada por su madre. Con los calcetines oscuros, a medio camino entre las rodillas y los tobillos, calzado con sus zapatos de cordones, enfundado en sus pataloncillos cortos, de esos que caracterizaban a los chiquillos de su época y que los diferenciaba de los jóvenes hombrecillos, abrazado por el algodón de su camisa blanca y repeinado como si fuese a misa de Domingo de Ramos, se dirigía a la escuela del pueblo para escuchar las enseñanzas de su maestro. Éste era un hombre de aspecto bonachón, muy humano y muy cercano con todo el que tenía afán por aprender. Pese a aquellos tiempos duros siempre había un pupitre, una cuartilla y un libro disponibles para todos sus alumnos.


En clase, Simón se pasaba las horas ensimismado con la pasión con la que el maestro explicaba, con la que les hacía ver el porqué de las cosas razonándolas y no aprendiéndoselas de memorieta porque sí y sin lógica, repitiendo la lección como si de un poema en prosa se tratase. El maestro era consciente de todo el conocimiento que se albergaba en su pequeña pero humilde biblioteca e instaba a sus polluelos a profundizar en sus enseñanzas y a no quedarse en las anécdotas, historias y conocimientos que les intentaba transmitir. Él había sido en su época moza un chaval muy viajero. Con lo poco que tenía, había sabido invertirlo mejor que muchos nobles de la provincia. Entre lo que había estudiado, leído y experimentado tenía un gran conocimiento de la vida, de las ciencias, de las estrellas y de las palabras; palabras y sabiduría con las que maravillaba a los pequeños. Simón siempre pensaba que cuando su maestro faltase, no sólo se iría su cuerpo y su alma, sino gran parte del conocimiento del mundo que le quedaba por descubrir a él y que probablemente nunca llegaría a adivinar.

Llegaron las temporadas de la siembra, del cultivo, de la cosecha; llegaron las lluvias, los fríos, las nevadas, las flores, el calor, las hojas; se escuchaban los nuevos trinos de las nuevas bandadas de pajarillos, la insistencia de los grillos, el croar de las ranas en los charcos tras haber sobrevivido a su vida como renacuajos. Pasaron un par de años. Los suficientes para que a Simón le quedasen pequeños los pantalones cortos y estrenase aquellos largos que tantas ansias e ilusión tenía por llevarlos. Portar esos centímetros más de tela que le transportaban al comienzo de una nueva etapa de su vida.

Una tarde, mientras Simón leía uno de los libros de la biblioteca del maestro escuchó un tañido de campanas que no le resultaba muy familiar. Parecía muy triste y lastimero, desgarrador, de un color muy gris. Ante el desconocimiento acudió en busca de su gran maestro para buscar una solución a esa incógnita. Cuando llegó a la escuela, la persona a quien buscaba se había esfumado como la brisa: Simón sentía la presencia del maestro en aquella pequeña habitación pero sin embargo sólo estaban allí él y los libros. Puesto que no le encontraba por ningún lado se puso a buscar en la biblioteca algún libro que pudiese sacarle de dudas. No lo encontró pero decidió llevarse uno que reposaba sobre la mesa del maestro, un libro que hablaba sobre la vida, un libro que siempre veía que el maestro llevaba a todas partes consigo.


Al llegar a su casa, se apoyó sobre la puerta de su casa mientras esperaba a que llegase su madre. Cuando ésta lo hizo, parecía como si le hubiesen caído veinte años más encima. Su semblante era triste pero a la vez alegre, vacío pero a la vez pleno, apagado pero al mismo tiempo radiante. Su madre se acercó a él, le abrazó, y le dio un beso en la frente. De inmediato y sin saber exactamente por qué, supo el significado de aquellas campanas y de la expresión de su madre. Entre ambos no hicieron falta las palabras, simplemente la mirada y los gestos hablaron por sí solos. Cuando volvió a leer la cara de su madre se acordó de aquellas palabras del maestro sobre la muerte: “no te entristezcas porque no vayas a volver a ver a quien quieres, alégrate por los buenos momentos que has vivido con esa persona, por lo que habéis disfrutado, por todo lo que te ha enseñado, porque mientras te quede un recuerdo de ella, permanecerá viva en ti”. A partir de ese momento, Simón comenzó a descifrar el maremágnum de expresiones que la cara de su madre reflejaba (porque como todo ser humano, de todas formas le echarían de menos); entonces, a partir de ese momento comenzó a entender la otra lectura que podían tener todas las historias que les había narrado el maestro en clase; entonces, de noche ya, siguió el dibujo de la Osa Mayor y de Orión que se reflejaban en el agua del riachuelo que bañaba los dedos de sus cansados pies, ese agua que le rozaría y acariciaría una vez y que no volvería a pasar, esas dos estrellas de las que siempre les había hablado en la escuela junto con la leyenda del arquero que seguía su sueño: alcanzar la luna con su flecha y para llegar hasta su meta.

Marta Roca G. ®

jueves, 20 de enero de 2011

lunes, 3 de enero de 2011

El baño.


Estaba terminando de arreglarse. Acababa de salir de la ducha; aún emanaba vapor de agua por los poros de su piel. Se había afeitado la escasa pero visible barba que tenía. Cada vez que lo hacía se sentía indefenso y vulnerable: era como si tuviera una coraza que nadie veía pero su existencia era suficiente para que todos le creyesen seguro, maduro y casi invencible frente a las adversidades de la vida. Nadie se percataba de esa armadura menos ella. Ella siempre sabía lo que le pasaba, siempre sabía que tras ese corazón aparentemente duro, seguro de sí mismo y frío, había miedo, inseguridades, soledad, compañía y amor, mucho amor. Puede que su forma de ser o las anteriores experiencias le impidiesen demostrarle cuán importante era ella en su vida, cuan imprescindible se había hecho y sobre todo la cantidad de proyectos que quería ir constuyendo a su lado.

Mientras terminaba de secarse las últimas gotas de agua que resbalaban por su pecho, se daba cuenta que conforme pasaba el tiempo ella decidía ir haciendo sus pensamientos más opacos, algo a lo que no estaba acostumbrado, algo que le partía el alma en mil y un pedazos.

Él recordaba todos aquellos silencios que fueron llegando a lo largo de sus vidas. Aquellos que le enseñaron a amarla desde todas las caras de la vida. Fueron llegando los pensamientos reservados, los pálpitos y las sensaciones asertivas de que todo tendría un fin tarde o temprano.

Él sólo se afeitaba en contadas excepciones, para algo era un imberbe; asomarse tras esa coraza no era necesario pero de vez en cuando era vital respirar sin ella.

Se le cayó la toalla que le cubría las caderas y parte de las piernas. Hacía mucho tiempo que no se quedaba completamente desnudo ante el mundo. Ahora ella irrumpía en el baño, con las prisas mañaneras, le dio un beso rutinario en la mejilla y se marchó con la misma rapidez con la que había entrado sin darse cuenta de lo expuesto que le había dejado ante la corriente de aire que había dejado al marchar sin cerrar la puerta del baño.

Marta Roca G. ®

miércoles, 28 de julio de 2010

Jaleo.

Hacía años que no sabía nada de mi familia. La verdad que no recuerdo muy bien qué fue lo que nos separó ni el motivo de aquel enfado sin sentido.


* * *


Llevaba una vida bastante reglada y milimetrada. Pero de vez en cuando rompía con todo y disfrutaba de una gran juerga. Aquella noche no recuerdo muy bien cuál fue el motivo de la fiesta. Creo que celebrábamos “Halloween”. Mis amigas y yo decidimos disfrazarnos y hacer una botellona junto con más jóvenes a las orillas del río -ese tipo de fiestas no me convencían del todo, yo era más de pubs donde poder sentarte, charlar y disfrutar de la música-. Acabamos un poco bebidas, con un frío que nos corroía a más no poder y con algún moratón que otro por alguna caída producto del alcohol y de las bromas de la noche.

* * *

“Jaleo. Te invito a pisar los charcos desde mi hotel hasta tu barrio…”. Eran las tres de la madrugada y la canción de “La Fuga” que tenía puesta en mi móvil como señal de llamada acababa de irrumpir en el silencio de mi cuarto y lo que más me molestó: de mis sueños. No sé por qué pero me desperté con la sensación de que algo iba mal. En la pantalla creí reconocer un número y un nombre que hacía muchísimo tiempo que no leía. ¿Era mi madre? Con la voz aun medio quebrada respondí con un “¿mamá?”.

-Hola María. Siento llamarte a estas horas y después de tanto tiempo pero… tu padre acaba de fallecer.-

Y mientras intentaba asimilar esas palabras me levanté a prisa y corriendo como si por llegar antes pudiera echar el tiempo hacia atrás y respondí:
-Voy para allá.-

* * *

Mis padres seguían viviendo en la misma casa donde yo había pasado toda mi infancia y adolescencia. Mientras conducía iba pensando en todo el tiempo perdido, en todas las veces que me dije de ir a verlos pero siempre acababa diciéndome “cuando termine el máster, cuando coja las vacaciones, cuando lleguen las navidades…”. Siempre tenía una excusa para posponer esa visita. Y tensé demasiado la cuerda del tiempo, la cuerda de la vida, la cuerda de las oportunidades.

Justo antes de cruzar el puente que conducía a aquella calle que parecía que había sido congelada en el tiempo, me detuve en un semáforo: aquel que por las mañanas hacía compañía a los ya rutinarios negritos vendedores de clínex y que por las noches de los fines de semana formaba simplemente parte del decorado urbano coronado de vez en cuando por algún cubata olvidado o terminado. Mientras miraba ansiosamente a que se pusiera en verde, me di cuenta de que al final de aquel panorama nocturno y junto a las orillas del río seguía habiendo jóvenes como mis amigas y yo de botellona. Y es que el fin de semana pasado éramos nosotras quienes estábamos ahí. Nuestra única preocupación era coger un buen punto pero sin llegar a emborracharnos de una forma descomunal. Y en aquel momento, lo que se me pasaba por la cabeza una y otra vez era haber dejado para mañana lo que pude hacer antes de ayer.


Marta Roca G. ®

sábado, 19 de junio de 2010

Sueños de pájaro.


¿Sabes? De pequeña siempre soñaba con volar. Tenía alas invisibles a los ojos de todos. En algún que otro sueño, cuando me ponía triste, descendía muy lentamente sin poder remediarlo. Y con el tiempo pude volar cada vez más y más alto.

Aún recuerdo algunos matices de aquella carta que escribí cuando me preguntaron cómo imaginaba mi vida en un futuro: quería volar y volar; volar alto y lejos. Pero cuando llegó ese día llegó en el peor de los momentos. Aquella parte de mí que siempre lo deseó pronunciaba un “sí” con los labios a medio cerrar. Hasta entonces nunca había añorado con toda mi alma todas y cada una de las cosas con y con quienes me había criado. Todo aquel mundo en el que había ido creciendo se desplomaba. Pero aquel motivo por el que nunca me habría ido fue el que se acercó tiernamente a mis labios y con mis lágrimas en los suyos abrió los míos y quitó cualquier motivo de mi mente por el que negarme y desechar aquella experiencia.

Ahora, en pleno vuelo, echo de menos aquella brisa que antes de partir me dio su aliento, sus ganas de compartir mi aventura y sobre todo su deseo de acogerme cada vez que volviese para nunca dejarme marchar en soledad.

Marta Roca G. ®

lunes, 31 de mayo de 2010

Y sólo habrá que volver a abrir los ojos.


Me fui. Sin previo aviso y con una acelerada maleta. Me fui sin compañía alguna. No huía pero tampoco suponía lo que acarrearía mi marcha.

Volví un mes después. Todo aparentaba seguir igual, tal y como lo había dejado. El revuelo de mis papeles sobre el escritorio. El pintalabios que con las prisas me dejé destapado sobre la encimera del lavabo, el libro semiabierto que leía cuando me llamaron. El lienzo que bajo los rayos de la sobremesa pintaba con paciencia, las zapatillas de estar por casa colocadas al revés.
Él no quiso tocar ni mover nada de lo que en aquella escapada tan relámpago había dejado por medio. Así, cada vez que me echaba de menos, miraba esos pequeños detalles que hacían mi ausencia más llevadera. Así parecía que de un momento a otro aparecería por la puerta tras una larga jornada. Así se hacía creer que aún no me había marchado.

Fue un mes arduo y muy sufrido. No habíamos estado tanto tiempo el uno sin el otro desde que nos conocimos.

Sí, nada había cambiado pero a la vez había pasado todo. El todo y la nada. Seguíamos amándonos aun en los silencios. Intentábamos respirar cada momento como si no se escurriese entre los dedos. Podíamos parar muchas cosas, pero no el tiempo.

Tuve que volver a marchar. A los tres meses regresé.

Si antes había un “todo” y un “nada”, ahora residía entre aquellas paredes un “infinito”. Aquella mesa de escritorio mostraba un orden sepulcral; en el baño sólo habitaba su maquinilla de afeitar y su embriagador aroma que tantas noches intentaba resucitar en su ausencia; el libro que una vez más quedó rezagado sobre mi mesilla ahora dormitaba bien plegado y guardado en la estantería; y mis zapatillas parecían que se hubiesen escondido en lo más recóndito del zapatero cual zapato que nunca más fuese a ser calzado.

Sin haberlo pretendido había ido saliendo poco a poco de su vida. La distancia nos había cambiado a ambos y sobre todo la forma en la que mirarnos. Conforme pasaban los días para mí, mi amor por él se hacía más intenso. Yo tenía una meta: volver. Volver para estar con él. Para complementarme con él. Para compartir nuestras vidas. Para pasear de la mano por el centro de aquella ciudad que tanto amábamos y hacernos mayores juntos. Ver crecer a nuestros hijos y después disfrutar de nuestros nietos. Dormirme cada noche cobijada bajo aquel brazo desde donde se disipaban los miedos, el frío y las dudas. Pero él no podía soportar esa ausencia, ese “estar” pero no estar producto de la distancia y de las nuevas tecnologías que nos acercaban un poquito más.

Por eso, una noche, bajo los efectos de una copa de vino que reposaba donde antes lo hizo mi libro y con el rostro desgarrado por aquellos surcos de lágrimas decidió ordenar todo. Si hacía como si no existiese no tendría a quien añorar. Por eso cuando hablábamos en la distancia, le notaba ausente y sin ganas de seguir, porque era eso lo que estaba haciendo desde casa, rendirse y no luchar.

Siempre he llevado muy abiertos los ojos. Me he fijado mucho en los detalles. Por eso cada vez que quería sentirle, los cerraba y mi subconsciente vagaba por el largo y ancho mundo de mis recuerdos. Ahora, con la compañía que puede brindarme esta brisa marina que me toma de la mano –como hacíamos en aquellos paseos por el parque- que me envuelve y acaricia, sólo habrá que volver a abrir los ojos y pensar que aquellos hermosos recuerdos fueron simplemente un bello, tierno y placentero sueño.

Marta Roca G. ®



miércoles, 21 de abril de 2010

Tres.

“Tenemos que hablar”. Esa fue la frase que marcó definitivamente el fin de nuestra relación. Tenía miedo a oírla. Miedo a oír algo parecido. Miedo al fin. No quería perderla y aún me sigo preguntando si la hubiese podido salvar. Todavía quedan muchas heridas que sanar, muchos arañazos que antes fueron caricias, muchos mordiscos que antes fueron besos, muchos gritos que antes fueron susurros. Y no es que me maltratase. Para nada. En absoluto. Es que ahora esos recuerdos tan hermosos, tan tiernos, tan llenos de cariño, amor, placer, alegría, son los que no paran de torturarme día tras día, hora tras hora, segundo tras segundo, cada momento hirientemente vivido desde que leí aquellas tres palabras escritas en la mesilla, junto a aquella cama en la que tanto compartimos y en la que tantas confesiones nos hicimos. Ella se había ido. Para siempre. Ya no volvería. Nunca…

Hubiese querido decirle que no, que no estaba de acuerdo. Si yo había luchado por la relación y tenía menos, ella que lo tenía todo menos a mí, en carne y hueso, en el día a día no podía sucumbir. Pero no pude. No podía hacerle eso. Era libre como un pajarillo. Era un espíritu independiente. No podía sentirse atada. Fue incapaz de entregarse aunque no se diese cuenta de que hizo más de lo que nunca hubiese imaginado.

Tal vez no me chocaron tanto esas palabras puesto que esa muerte ya se venía anunciando desde hace tiempo. ¿Por qué? Pues no lo sé. Quizá la rutina. Quizá la diferencia de horarios. Quizá los diferentes proyectos de vida y los años de edad que nos separaban. O quizá la distancia. Dicen que la distancia es el olvido, pero pese a todo lo vivido, iluso yo, sigo pensando que la distancia refuerza y hace que valoremos más lo que tenemos, los momentos vividos, los momentos venideros: todo. Si uno no quiere, dos no pueden.

Me hubiese gustado decirle que lo dejaba todo por ella, que aún tenía tiempo de volver a empezar de nuevo y sobre todo de empezar y continuar junto a ella. Pero fui incapaz de hacerle eso. No quería que me viese tan hundido, tan herido ni tan roto en añicos que decidiese apartarse de mi vida por completo para que consiguiera olvidarle. Olvidarle más bien no, sino pasar página, volver a enamorarme, sentirme correspondido como merecía (como ella me decía). Porque nunca podremos olvidarnos. Hemos marcado nuestras vidas en cada surco de nuestra piel. Toda ella está llena de recuerdos, desde los más cariñosos, tiernos, infantiles e inocentes hasta los picarones o los más tristes. Nunca borraré aquella mañana que me acerqué a buscarla, a decirle que me iba, que había llegado aquella llamada tan deseada y a la vez tan temida. Era un sentimiento entre alegría, confusión y dolor. Pero ella secó mis lágrimas. Nunca vi las suyas. Qué sentía, me preguntaba a cada instante. Era una caja de sorpresas, de secretos o simplemente de vivencias no contadas, de historias guardadas o plasmadas en prosa y verso en aquellos papeles que guardaba en su escritorio. No, nunca nos pertenecimos y seguramente tampoco lo quisimos. Qué es el amor sin libertad. Nada. Qué es el amor sin comprensión. Menos. Y ahora me pregunto, ¿existe dasamor sin dolor?

Marta Roca G. ®